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domingo, 26 de diciembre de 2021

Pellizcos de Navidad (Dona Ter / Lara Rivendel)

 Los relatos de Navidad siempre me han parecido una forma estupenda de seguir avanzando con la lectura en estas fechas cuando tenemos muchas cosas en la cabeza y no nos apetece meternos en lecturas más densas, así que todos los años leo alguno. No había leído nada de estas autoras y cuando vi este librito, con esta portada tan cuqui, me animé con él. 


SINOPSIS:
Muchas posibilidades - Lara Rivendel
Con todo el dolor de su corazón, Paz pone su piso a la venta. Aunque entiende que cuando una etapa acaba lo mejor es empezar de cero, la llegada de la pareja interesada en comprar el piso le remueve emociones que creía olvidadas. La Navidad le demostrará que su vida, igual que su piso, tiene aún «Muchas posibilidades».

A tres postales del cielo - Dona Ter
Julio tiene treinta y dos años y nunca había deseado algo con tanta fuerza para Navidad. Su deseo tiene nombre de mujer: Abril.
La magia de esas fechas señaladas y la historia de un viejo pintor callejero serán sus cómplices para conseguir lo que anhela.  

domingo, 20 de septiembre de 2020

Las manos van al pan (Meg Ferrero)

Un nuevo relato de la colección Recetas para el calor de una noche. Igual de recomendable que todos los que había leído anteriormente.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Con sabor a beso (Carla Crespo)

Otro de los relatos de la colección Recetas para el calor de una noche. Ya metida en faena, la verdad es que fui leyendo una tras otra a ratitos perdidos. 

jueves, 10 de septiembre de 2020

Al plato vendrás, almeja (Erika Fiorucci)

Otro nuevo relato de la colección "Recetas para el calor de una noche". A estas alturas ya había decidido que me gustaban todos, y aunque el título de este en concreto no me llamaba demasiado la atención, el hecho de que ya hubiera leído algo de la autora recientemente y me hubiera gustado bastante jugó en su favor y decidí darle una oportunidad. Confieso que la historia me sorprendió. 

martes, 8 de septiembre de 2020

Refréscame (Mimmi Kass)

Una vez que cogí carrerilla, no pude dejar de leer estos dulces bocaditos tan veraniegos. Este me llamó la atención por su sinopsis, y porque no había leído nada antes de la autora, y sentía curiosidad. La verdad es que ha sido una grata sorpresa.


SINOPSIS:
Una historia dulce y picante, de casualidades vitales y de oportunidades para amar, en el verano maravilloso de Mallorca y entre dos espíritus libres que buscan sonreír al fin.

Anika viaja todos los veranos a Mallorca para surfear, huyendo del trabajo y el mal tiempo de Alemania. Pero ¿qué hacer cuando el mar está como un plato, el sol de agosto cae a plomo y el autobús que te lleva a casa no pasará hasta cuatro horas después? Un chiringuito de playa puede ser su salvación, aunque arruga la nariz al ver el contenido de su carta: Zumos detox prensados en frío con frutas y verduras ecológicas. Vaya. ¡Y ella que lo único que quería era una cerveza bien fresquita! Y si además el chico tras la barra está para mojar pan, no le quedará otra que pedirse un zumito de esos para disipar un poco de temperatura.

Jauma lo ha dejado todo atrás y empieza una nueva vida en la isla. El sol y el mar son su refugio, así como las frutas y verduras que cultiva para sobrevivir. ¿Qué va a hacer con esa rubia de pelo casi blanco, piel tostada y ojos azules que cada tarde le pide una cerveza con un fuerte acento guiri?

* * *

Es una historia muy bonita, muy veraniega, bien contada y que tiene un poco de todo, como el verano. Hay momentos desenfadados, otros más serios y hasta un poquito profundos, otros apasionados, y sobre todo, mucha frescura y ganas de disfrutar. Anika es una chica vital que solo quiere aprovechar unos días de desconexión que tiene más que merecidos, y se lleva una pequeña decepción cuando en el chiringuito de la playa a la que le ha costado un montón llegar con su tabla de surf solo tiene zumos detox. Bueno, no solo eso, también tiene un camarero muy mono y que, aunque al principio chocan un poco y parece que no se entienden, pronto empiezan a conocerse mejor y a descubrir que incluso pueden llegar a gustarse. Mucho. 
Es una lectura ágil, amena, muy entretenida y con un toque de pasión. Perfecta para una tarde de verano. 



viernes, 4 de septiembre de 2020

Sushi para dos (Olga Salar)

Un nuevo relato de la colección Recetas para el calor de una noche. Todos me han ido gustando en mayor o menor medida y me encanta el formato y el estilo, así que esta vez me decidí por este, de Olga Salar: 

jueves, 27 de agosto de 2020

Piluca y el síndrome de Willy Fog (Carla Crespo)


Aunque con mi lectura anterior empecé a salir del parón lector y me aparté un poco de las lecturas con el confinamiento como tema central, tenía también esta en el Kindle y me apetecía leerla. 

miércoles, 26 de agosto de 2020

De postre, tú (Claudia Velasco)

Supongo que este fue el relato que marcó el inicio de mi salida del «momento confinamiento» en lo que a lecturas se refiere. Seguía sin apetecerme leer algo largo o denso, así que aproveché que HQÑ ponía a disposición de los lectores la colección Recetas para el calor de una noche que publicó el verano pasado, y de la que había leído alguna, para cambiar un poco de tercio. No había leído nada de Claudia Velasco y me apeteció probar. 


SINOPSIS:
Él le enseñó que el amor nunca deja de ser posible.

Empezar de nuevo siempre es complicado, aunque también puede ser un regalo, la maravillosa oportunidad de volver a la casilla de salida. Lucía Pedraza recibió ese regalo cuando regresó a Madrid y decidió que ya era hora de ponerse en marcha, cuando entendió que la mejor forma de avanzar era dar el primer paso. Ni saltos al vacío, ni acciones heroicas, ni grandes aventuras, simplemente andar y dejarse sorprender porque la vida, hasta en un inesperado curso de postres, te puede sumergir en la más mágica y apasionante historia de amor.

* * * 

Lucía ha vuelto a Madrid tras un batacazo sentimental, y está intentando empezar de nuevo y sobreponerse al golpe. En una clase de cocina para singles conoce a Clemente, un simpático y guapo italiano que enseguida se muestra interesado en ella. Aunque conectan con rapidez, Lucía no está segura de querer tomar con decisión las riendas de su vida, y se hace un poco la remolona, pero al final arranca y se arriesga a intentarlo. Me ha gustado mucho sentir los temores y recelos de la protagonista, la atracción que Clemente despierta en ella, los tiras y aflojas entre ellos según se van cogiendo la medida… La narración fluye con ritmo y naturalidad, y el estilo es pulido y sin artificios, justo lo que a mí me gusta. No falta algún malentendido, para dar vidilla al asunto, y el final, por supuesto y como no puede ser de otra manera, es dulce y muy satisfactorio. Os lo recomiendo. 



martes, 25 de agosto de 2020

París puede esperar (Marisa Sicilia)

En cuanto vi que mi querida Marisa Sicilia había escrito un relato para el confinamiento, ni me lo pensé, porque para mí es un valor seguro. No me decepcionó, por supuesto. 

lunes, 24 de agosto de 2020

Doce horas (Mayte Esteban)

Otro relato más sobre el confinamiento, sí. No sabía muy bien qué esperar de él, porque la sinopsis es bastante críptica, pero lo que he leído hasta ahora de Mayte Esteban me ha gustado, y sentía curiosidad. No solo no me ha decepcionado, sino que me ha sorprendido gratamente.

domingo, 23 de agosto de 2020

Conversaciones con un extraño (Erika Fiorucci)


Tras el parón veraniego, retomo las reseñas atrasadas, espero que a buen ritmo porque tengo muchas. Comprobaréis que, sobre todo las primeras, son lecturas breves, porque aún corresponden a la época del confinamiento y no me apetecía meterme con historias largas. Además, empecé con relatos precisamente con el tema del confinamiento como tema central, no sé si por masoquismo, o porque necesitaba empezar a asumirlo como parte de una realidad en la que también cabe la ficción romántica. Este de hoy es un buen ejemplo.


viernes, 12 de junio de 2020

Confina-dos (Anna García)

Mi querida Anna García nunca defrauda. A pesar de que domina el drama como nadie, sabe alternarlo con las dosis justas de pasión, de esperanza y de risas, para lograr un cóctel perfecto incluso sobre algo tan complicado como el confinamiento que nos ha tocado vivir estos meses. Cuando retomé las ganas de leer, aunque fueran relatos, me pareció el tema perfecto, y la autora perfecta.

viernes, 5 de junio de 2020

Comer y amar, todo es empezar (Mayte Esteban)

Como ya he comentado, durante el confinamiento he sufrido un importante parón lector, y lo único que me apetecía leer las pocas veces que he abierto un libro eran relatos. Algo cortito, ligero, entretenido y que no me costara mucho terminar. Siempre he defendido que hay un libro para cada momento y, en mi opinión, los relatos son la lectura perfecta en temporadas difíciles. El verano pasado ya disfruté uno de esta deliciosa colección de HQÑ y enseguida me animé a probar con otro. 

sábado, 2 de enero de 2016

...Y así empezó todo

Hoy quiero presentaros mi nuevo trabajo, que salió publicado en Amazon hace apenas un par de días:


SINOPSIS:
Hay cosas en la vida que surgen de la forma más inesperada y uno nunca sabe con seguridad cómo acabarán. Estos relatos surgieron como un reto, como una diversión. Han acabado como una pequeña antología erótica con tintes románticos, porque uno nunca sabe cómo puede acabar una historia que empieza como algo casual, pero a mí personalmente me gustan los finales felices.
Encuentros en un ascensor que dan emoción a la semana de una oficinista; el regreso de un amigo que puede convertirse en algo especial; una tormenta que amenaza con estropear una escapada de fin de semana; unas vacaciones en solitario que deparan interesantes sorpresas; y un músico aficionado a la fotografía que consigue levantar el ánimo a una chica en un mal momento. Cinco historias independientes entre sí con un nexo común: esa chispa que convierte un momento en algo especial que no se sabe a dónde llegará.
                                             
Incluye los siguientes títulos:
1. El ascensor
2. Solo amigos
3. Fin de semana rural
4. El chico del autobús
5. Fotografía y música

Aunque creo que con la presentación que hago en la sinopsis está casi todo dicho, os explicaré un poco cómo surgieron estos relatos: Yo participaba en un foro en el que había hecho un grupo de amigas con el que compartía risas, comentarios e imágenes inspiradoras. Un día, no sé muy bien cómo, alguien puso una foto que me dio una idea para un relato. No sé si yo la pedí, si me la pusieron en plan broma... Solo sé que a partir de esa foto escribí "Fin de semana rural". Después hubo otra foto y de ella salió "El chico del autobús", y pasó otro tanto con casi todos los demás. Escribí varios relatos a lo largo de unos meses, algunos a partir de una imagen y otros solo a partir de una idea. Uno de esos relatos fue también "Depredador", del que salió la que fue la primera novela que escribí. El caso es que fueron un principio. Llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de agruparlos en un libro y publicarlos, pero al final van a ser al menos dos libros, porque para empezar, son muchos y saldría un libro de relatos demasiado largo, y para seguir, hay algunas diferencias (al menos para mí) entre los primeros y los últimos y he creído conveniente separarlos. 
Los relatos son independientes y en cierto modo autoconclusivos, si bien su final tiende a ser abierto (si habéis leído "Doce maneras de enamorarse" creo que entenderéis a qué me refiero). También insistiré en que son básicamente eróticos, aunque con alguna pincelada romántica. Como he dicho en la sinopsis, "nunca se sabe en qué puede acabar una historia que empieza como algo casual", pero considerarla "amor eterno" me parece, cuanto menos, un poquito precipitado...

Os dejo a mano el enlace de compra por si os animáis. ¡Solo cuesta 0,99€!


En fin,¡ espero que disfrutéis leyéndolos tanto como yo disfruté escribiéndolos!

Y, por supuesto, si los leéis, ¡no dejéis de contarme qué os parecieron! Y ya si me dejáis un comentario en Amazon... pues inmejorable.

lunes, 23 de febrero de 2015

Antología besos de Cupido

Con tanto jaleo entre el RA y una cosa y otra, he retrasado esta entrada más de lo que merecía, aunque lo cierto es que nunca es tarde, dicen. De hecho, el retraso en este caso era necesario para retocar unas cosillas. Resulta que apenas una semana antes de San Valentín, un grupo de autoras me invitó a participar en una antología de relatos románticos, para poner en descarga gratuita. Me pareció una idea interesante y allá que me apunté. 


Así de bonita quedó la portada. Reconozco que de algunas compañeras no había leído nada, aunque a otras sí las conocía. Se hicieron unos collages con los títulos y los protagonistas, y la verdad, tenía muchas ganas de que estuviera disponible para descargar.


   

  

 

 

 

Al final hubo que hacer unos ajustes por problemas de maquetación y corrección, pero ahora sí, lo podéis descargar AQUÍ completamente GRATIS, En Pdf o en Epub.
Hay historias para todos los gustos. La mía, Confidencias bajo la nieve, es un relato de esos que me gustan, de primeros encuentros, de oportunidades por descubrir. Espero que lo leáis y que lo disfrutéis. Agradeceré cualquier comentario al respecto, yo al menos lo escribí con tanta ilusión y con tanto mimo como todo lo que hago. 
Pues nada, ahí os dejo lectura, por si teníais poca, jajaja. Besos de Cupido para todos y Feliz San Valentín, que aunque parezca que os lo digo con retraso, ya sabemos que es un día que debería celebrarse todo el año.

¡Gracias por la visita!


jueves, 12 de febrero de 2015

Mi pedazo de cielo (Relato)

Esto es algo que he escrito para un concurso de relatos románticos de un grupo de facebook con motivo de San Valentín. Tenía que basarse en estas dos fotos. Bien, pues esto es lo que salió:


MI PEDAZO DE CIELO.

—Silvia, el Señor Duarte te estaba buscando.
Vaya por Dios…, para un día que llego cinco minutos tarde.
—Oh… ¿Te ha dicho para qué?
Sara, la recepcionista, se encoje de hombros y tuerce la boca.
—Su secretaria eres tú, no yo. A mí no me da explicaciones.
A mí tampoco. Es muy suyo. Aprieto los dientes, levanto la cara y enfilo el pasillo hacia la oficina de mi jefe. Ni siquiera esperaba que estuviera a esta hora en la empresa, dado que ayer mismo estaba en Mallorca reunido con el resto de los jefazos. Su agenda para los últimos dos días era un horror, y regresó en el último vuelo, así que yo daba por hecho que llegaría tarde esta mañana. Al menos más tarde que yo.
Decido entrar primero en mi oficina y dejar el bolso en el armarito antes de regresar al pasillo y tocar con los nudillos en la puerta de enfrente. No obtengo respuesta. Aguardo unos instantes y vuelvo a llamar. Nada. La persiana veneciana que cubre la cristalera desde la que él puede ver el pasillo y mi oficina desde la suya está cerrada.
Abro la puerta y asomo la cabeza con cautela. El despacho está vacío. La mesa, impoluta. Ni rastro de él ni de lo que sea que quiere que yo haga con tanta urgencia.
Me giro, sin saber dónde buscarlo. En ese momento, el becario que entró la semana pasada, me ve y se dirige a mí con paso inseguro.
—Silvia…, el Señor Duarte ha dicho que subía a la terraza, que quería que te reunieras con él en cuanto llegaras.
—¿En la terraza?
—Eso ha dicho.
Un estremecimiento me recorre. Cuando sube a la terraza es porque tiene una decisión difícil que tomar. Espero que no vaya a haber más despidos o recortes. No hay motivos para ello, las ventas del último ejercicio han sido buenas.
Giro sobre mis talones y hago el camino de regreso hacia el ascensor. Paso por delante de la mesa de Sara y no puedo evitar increparla.
—¿Por qué no me has dicho que el Señor Duarte había subido a la terraza?
—No me lo has preguntado.
Arpía… Sonríe entre dientes, seguramente divertida por haber hecho que me paseara de puerta en puerta perdiendo aún más tiempo. Aprieto el paso y subo, preparándome mentalmente para lo peor.
Bajo del ascensor en la última planta y cruzo el pequeño pasillo hasta la puerta que da a la azotea del edificio. Hay una pequeña terraza desde la que se divisa toda la ciudad. Cuando abro la puerta y salgo, me lo encuentro sentado en una silla moderna y ligera, impecablemente vestido y aparentemente relajado, mirando al horizonte, pensativo. Pero a mí no me engaña. Que esté aquí no puede significar nada bueno.
Se gira hacia mí y me clava sus ojos azules. Es un suplicio tener un jefe tan condenadamente guapo.
—¿Me buscaba? —Asiente con suavidad. Me acerco un poco y finalmente se levanta de la silla para empezar a pasear de un lado a otro de la terraza. Trato de mantener la calma, y pregunto con tanta naturalidad como me es posible—: ¿Qué tal el viaje de regreso?
—Silvia, tenemos que hablar. Muy seriamente.
Eso suena fatal. Cuando alguien dice “tenemos que hablar”, siempre es mala señal. Trago saliva y le miro a los ojos.
—Tú dirás.
Su gesto se suaviza. Se acerca más a mí y alarga la mano con dulzura para acariciarme la mejilla con el revés de los dedos. Luego me agarra por la nuca y me acerca a su boca.
Y como siempre, me pierdo en un beso durante unos segundos que parecen horas.
Apoyo las manos en su carísimo traje de Armani y las deslizo hasta su cuello, asiéndome a él y jugando con los mechones cortos de su nuca. Él me rodea con un brazo duro como el granito y me aprisiona contra su pecho, quitándome el aliento, devorándome la boca como si pudiera robarme el alma en ese beso.
La perdí hace tiempo, el alma, el corazón y la vergüenza. Desde que caí en la tentación y me acosté con mi jefe por primera vez.
De eso hace casi seis meses, y no sé cómo no me he vuelto loca. Nadie lo sabe: ni mis amigas, ni mi familia, ni por supuesto nadie del trabajo. La empresa no ve con buenos ojos ese tipo de confraternizaciones entre jefes y subalternos. Perdería mi trabajo en un abrir y cerrar de ojos.
Porque a él no le van a echar, desde luego. Desde que es el Jefe de Zona, las ventas han subido como la espuma. El Director General le adora.
Yo solo soy una secretaria, por mucho que en mi tarjeta ponga “adjunta a la Dirección”. Eso solo es un término “políticamente correcto”.
Javier me suelta y me mira con tal intensidad que mis rodillas bailan. Tengo la boca caliente y magullada, pero sólo puedo pensar en que quiero otro beso.
Finalmente respiro hondo y recupero la compostura.
Sólo entonces se decide a hablar.
—Márquez me sugirió que sabe lo nuestro.
—No puede ser.
—Alguien nos vio en Lisboa el mes pasado.
Mierda. Empiezo a temblar de forma incontrolable. Márquez es un capullo y si lo sabe él, en cuatro días lo sabrá toda la empresa. El corazón me late tan fuerte en el pecho que creo que voy a ahogarme. Por fin, consigo murmurar.
—¿Y ahora?
—Deberías renunciar, antes de que Márquez se chive.
El mazazo me deja en shock. Me zumban los oídos y los ojos se me llenan de lágrimas. Él está tranquilo. Supongo que a fin de cuentas, le da igual.
—Eres un hijo de…
No termino la frase. Me doy la vuelta y salgo corriendo de regreso al edificio. Le oigo llamarme, pero no me detengo. Quiero irme, quiero salir de allí para no volver más. No puedo creer que haya sido tan idiota como para tirar mi carrera por la borda, por un polvo. Bueno, por muchos polvos y muy buenos, pero… me la he jugado por él y he perdido.

Los días pasan como en una niebla densa. Ni siquiera he vuelto a la oficina para despedirme, no sé qué excusa inventaría Javier. Me he limitado a enviarle mi renuncia y a pedirle a una compañera que me hiciera llegar mi bolso, que se quedó en mi armarito. Me ha llamado por teléfono incontables veces, pero no he querido hablar con él. Ya duele demasiado sin el martirio adicional de escuchar su voz.
Apenas dos semanas después de mi baja forzosa en la empresa, recibo una propuesta de trabajo en otra empresa del mismo sector. Me alegra y me entristece a la vez. Desde luego, es una oportunidad única, y me satisface saber que mi trayectoria profesional tiene suficiente peso como para que otra empresa me busque tan pronto, pero… eso significa cerrar definitivamente una puerta que no sé si quiero cerrar.
Ojalá nada de esto hubiese pasado. Ojalá Márquez no se hubiera enterado nunca. Pero sé que es estúpido pensar que podíamos haber seguido así por mucho tiempo. Después de todo, era lo que tenía que pasar.
Mi nueva empresa es más pequeña, pero mi puesto es de mayor categoría. De “adjunta a la Dirección” he pasado a “Jefa de producto propio”. Formo parte del equipo directivo, a las órdenes del Director de Zona, por supuesto, pero casi al mismo nivel que él. Soy su colaboradora, no su secretaria. Mi puesto entraña una gran responsabilidad pero es un reto para el que estoy sobradamente preparada.
Para lo que no estoy preparada es para que, apenas un mes después de mi incorporación, me obliguen a acudir a una reunión con los directivos de mi antigua empresa.
Nos han comprado.
Estoy vendida.
No puedo enfrentarme a Javier, otra vez no.
Pero el orgullo me hace levantar la cara y presentarme en esa reunión, con mi traje de perfecta ejecutiva de ventas y los datos que avalan la gestión de mi departamento en este tiempo. No es mucho, lo sé, pero es todo lo que tengo.
Claudio, el Director de Area de mi nueva empresa, y mi actual jefe, no parece muy apurado. Probablemente se jubile anticipadamente y se dedique a jugar al golf. Al fin y al cabo, en este sector la gente va y viene continuamente. Seguramente lo había visto venir.
Yo no.
Javier no me quita ojo durante toda la reunión. El nombre de mi actual empresa se mantendrá de momento como marca de producto, pero la estructura directiva prácticamente desaparecerá.
Javier asegura que se mantendrán tantos puestos de trabajo como sea posible.
A algunos les ofrecerán cambiar de zona para ocupar el mismo puesto. A otros un puesto similar o de una categoría algo inferior, pero sin traslado de por medio.
Todavía no sé qué va a pasar conmigo.

Tras una reunión bastante general, nos indican que nos irán llamando de manera individual para negociar la reubicación o el cese de cada uno de los integrantes de la dirección de zona de nuestra ya extinta empresa. Eso me incluye a mí. Cuando nos levantamos para marcharnos, Javier me detiene en la puerta.
—Silvia, espera. Quiero hablar contigo.
Quiero decirle que me deje en paz, pero no puedo. No sé si mi trabajo vuelve a estar en juego por su culpa o no.
—¿Sí, Señor Duarte?
—Javier. Sabes que puedes llamarme Javier.
—No creo que sea conveniente que me tome ningún tipo de confianza.
—Tonterías. Vas a formar parte del equipo directivo. Vamos a trabajar juntos. En mi equipo nos llamamos por el nombre de pila.
—¿En tu equipo? —pregunto con incredulidad mientras frunzo el ceño. Antes le llamaba “Señor Duarte” en horas de trabajo. En privado, Javier, pero eso… eso es algo que no debió suceder.
Por mucho que me duela tenerlo tan cerca y no poder besar su boca una vez más.
Él asiente y esboza una sonrisa.
—En mi equipo. Serás mi colaboradora.
—Ya.
—No digas “ya” como si fuera un castigo… Silvia, no me dejaste explicarme, te marchaste sin darme ninguna oportunidad.
—¿Oportunidad? ¿Oportunidad de qué, Javier? Las secretarias no se lían con sus jefes o pierden el trabajo, así son las cosas.
—Entre colaboradores las cosas son diferentes. —La sorpresa se debe de reflejar en mi cara. No puedo creerme que esté sugiriendo lo que yo creo que está sugiriendo—. Cena conmigo hoy. Ven a mi casa, déjame explicarte.
—No voy a dejar que arruines mi carrera, Javier. Déjame en paz.
Salgo del despacho furiosa, angustiada y temblando como una hoja. Todavía me afecta tanto que me asusta pensarlo. No puedo estar cerca de él. ¿Cómo voy a trabajar con él de nuevo?

Regreso a la que todavía es mi oficina, aunque ya nos han dicho que en menos de un mes, se reubicará a la gente en las oficinas de mi antigua empresa o en sus nuevos destinos en función del acuerdo al que se llegue con cada uno.
Claudio está en su despacho, un par de puertas más allá del mío. Ha llegado antes que yo. Su puerta está abierta y cuando  me ve, me hace una seña para que vaya.
Entro y me dedica una sonrisa afable.
—Pasa, Silvia, quería hablar contigo.
Me estremezco involuntariamente. Ya no me fío ni un pelo de esas palabras. Cojo aire y me esfuerzo por sonreír, aunque me sale una mueca extraña.
—Tú dirás, Claudio.
—He visto que Javier te llamaba al salir de la reunión, así que entiendo que has hablado con él.
El corazón se me encoge y noto el rubor subir a mi rostro. Trato de permanecer impasible. No sabe nada. No puede saber nada.
Se gira hacia la ventana, de forma que no veo su cara. Cuando sigue hablando no doy crédito a lo que oigo.
—Parece que después de todo, las cosas le han salido bien. Cuando renunciaste a tu antiguo puesto, tanto él como yo sabíamos que la compra de la empresa era un hecho, así que no te negaré que me sorprendió un poco que me pidiera que te contratara para el puesto de Jefe de Producto propio. Como bien sabes, tu antecesor aquí se trasladaba a Barcelona, pero… yo no estaba muy seguro de que una secretaria de dirección estuviera capacitada para desempeñarlo con solvencia. Ni siquiera una como tú, que tienes un currículum admirable. Pero Javier me confesó que te quería en ese puesto y provocaría muchos recelos que te lo ofreciera siendo como eras su secretaria. En cambio, si lo ocupabas aquí, no sería extraño que pasaras a ocuparlo allí una vez materializada la compra de la empresa.  En el poco tiempo que has trabajado con nosotros he podido comprobar tu valía, Silvia. Entiendo perfectamente que Javier quiera que ocupes ese cargo.
Sonrío como una estúpida mientras trato de controlar el torrente de emociones que me embarga. Javier arregló mi contrato aquí. Quería que volviera a trabajar con él. ¿Desde cuándo? ¿Desde aquél horrible día en la terraza del edificio cuando me dijo que debería renunciar?
Farfullo un agradecimiento rápido y me escabullo en cuanto puedo a mi oficina. Estoy hecha un lío. Puede que le haya juzgado mal, y ahora que pienso en ello, mi cuerpo despierta del letargo en el que ha estado sumido el último mes y medio, para recordarme con un malestar difuso cuánto le echa de menos.
Tengo que hablar con él.

Cuento los minutos hasta que finaliza mi jornada laboral, y conduzco hacia su casa. La anticipación me provoca un nudo de nervios en el estómago.
Aparco a pocos metros del moderno edificio de apartamentos en el que vive, y necesito diez minutos más, sentada en el coche, para sentirme lo bastante segura como para salir. Camino hasta el portal, inspirando profundamente en un intento vano por tranquilizarme. Cuando llamo al timbre del portero automático, contengo la respiración sin darme cuenta.
Su voz, profunda y sexy como el infierno, rompe el silencio apenas unos segundos después:
—¿Quién es?
—Javier… —casi murmuro—. Soy Silvia.
Me abre inmediatamente, sin hacer preguntas. Subo poniéndome más nerviosa a cada minuto que pasa. En el ascensor me estiro la falda, me coloco un mechón rebelde tras la oreja, me muerdo el labio, me froto las manos compulsivamente… Cuando por fin llego al octavo piso, estoy al borde del colapso.
Salgo con paso inseguro y la puerta del apartamento se abre antes de que llame al timbre. Él me mira con una expresión inescrutable en su bello y masculino rostro. Tras unos segundos de duda, me atrevo a preguntar:
—¿Puedo pasar?
—Supuse que no vendrías.
A pesar de que su tono intenta ser frío, me suena más dolido que otra cosa. Probablemente tenga razón, si mis suposiciones de las últimas horas son ciertas, no he sido muy justa con él.
—He hablado con Claudio.
Un músculo se tensa casi imperceptiblemente en su mandíbula, y sus ojos brillan con un atisbo de… no sé, ¿esperanza? Cada segundo que pasa estoy más convencida de que ha sido un error negarme a escuchar esa explicación hasta ahora.
Se hace a un lado y extiende la mano invitándome a entrar. Mi mente me abochorna recordando las veces en que he estado aquí anteriormente. La última vez, sin ir más lejos, perdí la ropa por el pasillo, entre la puerta de entrada y su habitación.
—¿Quieres tomar algo? ¿Un café? ¿Una copa?
—No. No…, gracias.
Me detengo al final del pasillo de entrada, frente a la puerta abierta del salón. Javier está a un paso de mí, y me empuja con sutileza para indicarme que entre, apoyando la mano en mi cintura.
—Siéntate, por favor. ¿Seguro que no quieres nada?
El malestar que tengo ahora mismo no me dejaría tragar ni agua. Camino hasta el sofá y me siento mirándome las manos porque no me atrevo a mirarle a los ojos.
—Javier… ¿es cierto que llamaste a Claudio para pedirle que me contratara?
—Sí —responde sin titubear.
—¿Y por qué?
En ese momento, sí me atrevo a levantar la mirada, y me encuentro con sus impresionantes ojos azules clavados en los míos, buscándome.
Preguntándome si me he olvidado ya de él.
No podría hacerlo ni aunque quisiera, aunque lleve mes y medio tratando de cerrar una herida que sigue doliendo cada vez que pienso en él.
—¿De verdad creías que te iba a dejar marchar tan fácilmente? ¿Eso pensabas de mí?
—Dijiste que debía renunciar —le respondo encogiéndome de hombros.
—Joder, Silvia… Hacía tiempo que conocía los planes de la Dirección General. Yo te quería en ese puesto. Te iba a proponer que renunciaras de todas formas, aunque Márquez no se hubiera enterado de lo nuestro. —Hace una pausa breve en la que respira hondo y me mira con una intensidad que acelera mi pulso—. Estaba pendiente del traslado de Julián Sanz, tu antecesor, porque habría levantado suspicacias el hecho de que mi secretaria personal ocupara un cargo directivo de la noche a la mañana en nuestra empresa, sin embargo nadie podría decir nada si ellos te contrataban para ese puesto en “su” empresa antes de que se supiera que los íbamos a comprar. Ahora solo vas a seguir ocupando un cargo que ya tenías en el momento de cerrar la compra.
—Pensé que solo querías proteger tu reputación.
—Y estoy muy enfadado contigo por eso.
A pesar de sus palabras, extiende la mano y me acaricia la mejilla con suavidad. Me apoyo en su palma inclinando la cabeza, como un gatito mimoso. He echado tanto de menos ese roce…
Otro roce, que he echado de menos más aún que la caricia de su mano, me sorprende de pronto. Se inclina sobre mí despacio y su aliento me abrasa los labios antes de tantearlos con su boca, con tanta lentitud que el tiempo parece haberse parado. Y me quedaría así toda la vida.
Su lengua me acaricia con picardía, tentándome, retándome a que lo rechace, si tengo fuerza de voluntad.
¿Fuerza de voluntad? ¿Qué es eso? Le echo los brazos al cuello y me apodero de su boca sin contemplaciones, sin control y sin medida. Como una exploradora que encuentra agua tras días de caminar por el desierto.
Javier responde apretándose contra mí, enredando los dedos en mi melena y tirando de ella para acceder mejor a mi boca. Mi pecho sube y baja a un ritmo violento. Siento los pechos hinchados y doloridos, suplicando un roce de sus dedos, o mejor aún, las atenciones de su experta boca. La sangre pulsa con fuerza en mis venas y envía estremecimientos de necesidad directamente a mi entrepierna.
Le deseo con auténtica desesperación.
Me abre la blusa con brusquedad y busca mi pecho, consiguiendo que el pezón se arrugue y se apriete dolorosamente con solo pasar el pulgar sobre él un par de veces. Juguetea con el duro botoncito hasta que, de pronto, se detiene y se aparta.
Le miro a través de una bruma de deseo, confusa y frustrada, sin entender el cambio de actitud. Saca la mano de mi blusa y se levanta para girarse de cara a la ventana, quizás en un intento tardío de ocultar la erección que le he provocado.
—¿A qué has venido, Silvia? ¿Crees que las cosas se arreglan así, de la noche a la mañana? ¿O no hay nada en realidad que quieras arreglar? Porque entonces deberías marcharte.
Parpadeo, confundida. A duras penas consigo balbucear una respuesta:
—Yo… No sé a qué te refieres.
—La semana que viene, o poco más tarde, vas a ocupar el despacho contiguo al mío. ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con esto? Porque no me voy a limitar a echarte un polvo sin más.
Sus palabras me caen como un jarro de agua fría. No sé si le entiendo. No sé si va de ofendido, o se está haciendo el chulo conmigo, pero no me gusta. Me levanto y le encaro, furiosa.
—No he venido a que me eches un polvo.
—Bien, entonces dime a qué has venido y por qué me miras como Caperucita debió de mirar al lobo suplicándole que se la comiera, por tonta.
Frunzo el ceño y me envaro aún más. Le diría algo desagradable, pero está tan… soberbio con esa camisa blanca que no recuerdo cuándo he desabrochado casi hasta la cintura… Mi cerebro amenaza con cortocircuitar. Voy a decir algo, pero él se me adelanta:
—Silvia, no juegues conmigo.
—¿Yo? ¡Yo no estoy jugando a nada! ¡Solo quería saber qué pasó en realidad! Claudio me ha explicado que tú lo organizaste y… Yo pensé que te desentendías de mí, pero… creo que te juzgué mal…
—Me juzgaste fatal.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me arrastre suplicándote perdón?
Aprieta los labios y murmura.
—Dime que me has echado de menos. Dime que te has sentido tan vacía como  yo.
Trago saliva con dificultad, y acierto a responder:
—¿Y qué pasará después? ¿Los rollitos entre directivos no están mal vistos?
—No me insultes, Silvia. Sabes que yo no quiero un “rollito”, como tú dices. Estoy harto de esconderme.
Me quedo boquiabierta. De repente, todo parece tan fácil que creo que estoy soñando. El labio me tiembla y no puedo apartar mis ojos de los suyos. Javier se acerca de nuevo, hasta quedar a un palmo de mi cara.
—Dime qué quieres. Tú me echaste de tu vida. Es justo que pongas las cartas sobre la mesa ahora, ¿no crees?
—Ojalá pudiera borrar el último mes y medio.
—¿Preferirías seguir ocultándote?
—No, eso no.
—Pues ya no hay por qué hacerlo.
Se acerca un paso más, y siento caer todas mis defensas. Le miro con anhelo y con temor a partes iguales. Me voy a lanzar de cabeza a la piscina, pero me da igual. Es lo único que puedo hacer, porque volver a dejarle fuera de mi vida es imposible, más ahora que no tenemos que seguir escondiéndonos del resto del mundo.
Le sonrío y me devuelve la sonrisa, doy un paso adelante y como en una coreografía perfecta, se acopla a mí, encajando su cuerpo con el mío y envolviéndome posesivamente. Nos arrancamos la ropa y caemos sobre el sofá buscándonos con desesperación. Sus manos me recorren de un modo frenético, ansioso, despertando tan vívidamente mis recuerdos que la necesidad de él me duele.
Cuando entra en mí, creo que ambos sentimos algo muy parecido: por fin está de nuevo donde debe estar, donde pertenece. Es como si hubiera vuelto a casa.

O como si yo hubiera vuelto a él, en realidad no importa, pienso horas después, cuando nos hemos saciado el uno del otro y nos miramos en silencio, a punto de sucumbir al sueño, en la cama que tantas veces nos ha visto ejecutar la danza más antigua del mundo. La coreografía sale espontáneamente, tal vez porque siempre debió ser así entre él y yo. Puede que todo esto solo haya sido una especie de prueba, un obstáculo que teníamos que vencer para encontrar la felicidad.
En poco más de una semana estaré trabajando codo a codo con Javier, y no tendremos que preocuparnos por que nos vean juntos. Ahora mismo, me siento tan feliz que podría flotar.
Pero su mano se posa en mi cadera y me ancla al mundo real. Un mundo imperfecto pero en el que merece la pena levantarse cada día solo por mirarme en sus ojos azules.
Mi pedazo de cielo particular.


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