Después de la portada y la sinopsis (por si no leísteis la entrada correspondiente os la dejo AQUÍ), toca compartir el primer capítulo de La princesa de la luna. Espero que os deje con ganas de saber más de Lena:
CAPÍTULO 1:
«Date la vuelta y mírame, date
la vuelta y mírame, date la vuelta y mírame...». Mientras Lena repetía esas
palabras en su cabeza como un mantra, girando de forma inconsciente entre sus
manos su colgante adornado con una piedra azul, el chico moreno y atlético que
se encontraba a poca distancia de ella absorto en la lectura de un libro se
giró y la miró directamente a los ojos. Ella sonrió sosteniéndole la mirada y
él apartó la vista avergonzado al verse sorprendido.
Lena cogió su mochila y se
dispuso a bajarse del autobús, estaba llegando a su parada.
«Al final va a tener razón Blanca y soy un poco bruja», se dijo, divertida. Últimamente cada vez que probaba aquel truco le salía. Empezaba a creer a la loca de su amiga y a pensar que realmente era ella quien lo provocaba.
Saltó del autobús y caminó en
silencio hacia su casa. O debería decir hacia la casa de su tía Ingrid. Aquella
no era su casa y nunca lo sería.
Sonrió con tristeza recordando
una vez más a su madre, que había muerto hacía menos de un año. Isabel era una
mujer fuerte, pero increíblemente dulce y cariñosa, todo lo que su hermana no
era. Ingrid era una solterona amargada que encajaba en todos los tópicos de esa
definición. Para ella, Lena no era más que una carga de la que estaría
encantada de librarse.
En realidad, Lena no había
conocido a sus verdaderos padres. Isabel y Oliver la habían adoptado cuando
tenía cuatro años. Recordaba muy poco de aquella época, pero de ahí en adelante
solo tenía buenos recuerdos. Se habían mudado a Londres, donde su padre había
encontrado el trabajo de sus sueños en el Museo Británico. Habían sido muy
felices los tres allí, hasta que Oliver había muerto en un accidente de coche
cuando Lena aún no había cumplido los diez años, y su madre y ella se habían
quedado solas. Regresaron a España y se las apañaron sin lujos pero sin
estrecheces hasta que Isabel enfermó del corazón, y se fue debilitando cada vez
más hasta apagarse como la llama de una vela.
Lena aún era menor de edad, y
su pariente más cercano era su tía Ingrid, que se quedó con ella porque su
madre se lo había hecho prometer, pero siempre había tenido claro que no era de
su sangre, y se esforzaba en demostrarle con hechos y palabras que para ella
solo era una extraña, algo molesto de lo que ardía en deseos de deshacerse.
Pero eso se iba a terminar,
antes de lo que la tía Ingrid pensaba.
Faltaba menos de una semana
para su cumpleaños, el veinticuatro de junio. Lena lo tenía todo preparado para
marcharse de vuelta a Londres. Tenía buenos recuerdos de aquella ciudad, su
inglés era fluido y estaba convencida de que podría arreglárselas para encontrar
algún trabajillo con el que ir subsistiendo.
Llegó a casa de tía Ingrid,
dejó la mochila en su habitación y se
acercó a la cocina para prepararse un bocadillo. Su tía no estaba en casa, pero
se apresuró a regresar a su cuarto y encerrarse de nuevo, por si regresaba. Ya
no soportaba ni estar en la misma casa que ella.
Esa noche volvió a tener uno de
aquellos sueños extraños que tanto la turbaban. Ella era una niña pequeña, y
corría agarrada a la mano de alguien. Junto a ella había otra niña, un poco mayor.
Las ramas y piedras del suelo le lastimaban los pies, y no podía ver el cielo,
completamente cubierto por una vegetación frondosa. Era de noche, a lo lejos se
escuchaba el aullido de un lobo, y de pronto se encontró en el claro de un
bosque.
El cielo de la noche
resplandecía sobre su cabeza, cuajado de estrellas. Y una luna enorme brillaba
en lo alto. Una hermosa luna llena.
Volvió a escucharse un lobo, y
gritos de hombres. La estaban buscando, y ella tenía mucho miedo, y entonces
agarró su collar y cerró los ojos con fuerza.
Despertó sobresaltada y
empapada en sudor. El corazón le iba a mil por hora. Aguzó el oído, pero no
debía de haber gritado en sueños, porque si no, la tía Ingrid ya estaría
despotricando contra ella por haberla despertado.
Trató de volver a dormirse,
dándole vueltas al colgante. Era una manía que tenía desde pequeña. Su madre le
había dicho que debía de ser un recuerdo familiar, porque era una de las pocas
pertenencias que tenía desde siempre. Por lo que le habían contado, la habían
encontrado perdida en medio del campo un veinticuatro de junio, descalza, con
un vestidito blanco y aquel colgante, lloriqueaba diciendo que se llamaba Lena
y tenía dos años. No estaba segura de que aquel día fuera en realidad su
cumpleaños, pero era el día en que lo celebraba.
Había estado bajo la tutela del
estado durante dos años más, hasta que Oliver e Isabel la adoptaron. En ese
tiempo, por mucho que se había indagado no había aparecido ningún familiar, ni
se encontró ninguna coincidencia con las denuncias de desaparecidos. Ella no
había hablado apenas hasta que conoció a Isabel y Oliver y, sencillamente, conectaron.
Después de eso se convirtió en una niña casi normal. Una niña con un pasado
incierto, un poco taciturna, pero muy inteligente. Tenía una memoria
prodigiosa, y una sensibilidad especial para la naturaleza, la botánica, los
animales... Sentía una atracción natural por ellos, y era capaz de identificar
especies que ni recordaba haber visto antes. También aprendía idiomas con una
facilidad pasmosa. Se desenvolvía sin problemas en casi cualquier lengua con la
que estuviera en contacto por un tiempo sorprendentemente corto. Hablaba español,
que era su lengua materna, e inglés porque había pasado su infancia en Londres;
alemán y francés porque los había aprendido en el colegio. Pero también
entendía el portugués y el italiano, suponía que por su similitud con el
castellano, o quizás por su raíz latina. Había estudiado latín en el instituto,
y sus notas eran brillantes. Por supuesto también entendía el catalán, el
gallego o el valenciano en cuanto ponía un poco de atención. Le había
sorprendido un poco más descubrir que también entendía el ruso. Su colegio
había tenido varios estudiantes rusos de intercambio un año, y Lena se había
quedado de piedra cuando les había oído hablar y se había dado cuenta de que
les entendía. Por un momento había recordado la hipótesis de tía Ingrid sobre su
origen: «Con esa piel, ese pelo y esos ojos, bien podría ser hija de alguna
prostituta rusa que la abandonó por las drogas».
Su madre siempre había
mantenido que aquello era poco probable porque, hasta donde sabían, estaba sana
y bien alimentada cuando la encontraron. Solo estaba asustada y le había
costado empezar a relacionarse pero, por lo demás, estaba perfectamente.
Quienquiera que la hubiera cuidado sus dos primeros años de vida, lo había
hecho con cariño y esmero.
Por lo demás, a pesar de su
memoria y su habilidad con los idiomas, para las matemáticas era una negada, y
para el dibujo también. Su capacidad de cálculo mental y de orientación
espacial estaban bajo mínimos. Era capaz
de perderse hasta en un supermercado, y sin una calculadora su capacidad
matemática acababa en las sumas con llevadas.
Su padre solía preguntarle,
mirándola desconcertado cuando veía sus notas de matemáticas:
—Lena, ¿estás segura de que no
fallas a propósito?
Pero no, no lo hacía. En
realidad no le preocupaba mucho, simplemente le daba igual. No les veía mucha
utilidad a las matemáticas que se estudiaban en el colegio. Y, de haber podido
estudiar una carrera, le habría gustado ser médico, por ejemplo, o veterinaria.
Con las matemáticas que manejaba creía que sería suficiente para hacer eso,
aunque era consciente de que era poco probable que pudiera seguir estudiando si
pretendía marcharse de casa en cuanto cumpliera la mayoría de edad. Aun así,
soñar es libre, y a Lena le quedaban poco más que sueños a los que aferrarse.
Y soñando despierta, después de
mucho rato, volvió a quedarse dormida.
A la mañana siguiente estaba
muerta de sueño cuando sonó el despertador. Lo apagó, preparó sus cosas y se
metió en la ducha. Si su tía estaba en casa, estaba dormida, así que procuró no
hacer mucho ruido mientras se duchaba y se vestía. Se desenredó el pelo
rápidamente. Tenía un cabello largo, hasta media espalda, rubio, muy claro y
muy liso. Sus ojos eran de un azul deslumbrante, y su piel blanca como la
nieve. Ella no se consideraba especialmente guapa, pero era evidente que
llamaba la atención. Su rostro era ovalado y proporcionado, su nariz pequeña,
un poco respingona y salpicada de algunas pecas, y su boca menuda pero carnosa,
con unos dientes perfectos y blancos que ni siquiera habían necesitado
ortodoncia. En una ocasión el dentista había comentado que se empezaban a
torcer y era probable que tuvieran que ponérsela, pero ella odiaba la idea,
había deseado con todas sus fuerzas que sus dientes se enderezaran y no tuviera
que llevar aquellos malditos hierros... y sus dientes parecían haberle hecho
caso. Poco a poco se habían ido enderezando y no los había necesitado. Había
sido una suerte.
Se acabó de peinar y entró a la
cocina. Le pareció oír ruido en la habitación de su tía y no quiso entretenerse
más, así que cogió un batido del armario y una magdalena, agarró su mochila y
se marchó.
La semana se arrastraba con
exasperante lentitud. Lena tenía preparada hacía casi un mes una pequeña
mochila con algo de ropa, el poco dinero que había conseguido reunir y algunas
provisiones de emergencia. Se había sacado por internet un billete de avión
para Londres baratísimo hacía ya meses, para el mismo día de su cumpleaños.
Saldría a ver las hogueras la noche de San Juan y ya no volvería a casa nunca
más. Su tía no la echaría de menos, y casi hasta lo agradecía. En realidad no
tenía a nadie a quien de verdad le importara. Su amiga Blanca tal vez la
extrañaría, aunque desde que salía con Jaime y con su grupo estaba tan ocupada
que ni notaría su ausencia. Últimamente se habían distanciado mucho. Lena no la
culpaba, ella se había vuelto cada vez más solitaria. Desde que murió su madre
las cosas habían ido de mal en peor, y era consciente de que no era una
compañía demasiado divertida ni agradable.
Mejor para Blanca, así no la
echaría tanto de menos. Lo último que ella quería era hacer daño a nadie.
A su tía incluso le iba a hacer
un favor.
A la hora de comer regresó a
casa. Tía Ingrid estaba ya comiendo.
—Ya era hora de que
aparecieras. ¿Dónde andabas?
—Había quedado con unos amigos
del instituto —mintió ella.
—Hay ropa que planchar, lo
menos que podías hacer es echar una mano, ya que te doy un techo donde dormir.
A Lena le dieron ganas de
contestarle que el techo donde dormir lo pagaba con su pensión de orfandad y el
poco dinero que le había dejado su madre, o incluso que preferiría dormir en un
centro de menores o una casa de acogida, pero se mordió la lengua. Total, para
el tiempo que le quedaba en aquella casa, mejor no discutir.
—Luego cojo la plancha.
Pasó la tarde planchando
mientras su tía salía con unas amigas. A la hora de cenar se hizo una ensalada
y se metió en su cuarto a descansar a puerta cerrada. Empezaba a dolerle la
cabeza.
Hacía unos meses que tenía
molestias. A veces pasaban días sin que notara nada, pero otros días la cabeza
le dolía como si alguien tratara de perforársela con un taladro. Se metió en la
cama y bajó la persiana, cubriéndose por completo para intentar dormir.
«Lena, escúchame, tienes que
volver a casa, cariño».
Despertó sobresaltada. La
cabeza le dolía terriblemente, y no sabía si aquella voz era real o era un
sueño. No era la voz de su madre pero, de alguna manera, había sentido como si
lo fuera. Aunque no estaba segura de en qué lengua le había hablado.
Consiguió dormirse con mucho
trabajo. Solo faltaban dos días para su cumpleaños y los nervios empezaban a
poder con ella.
Volvió a soñar con el bosque,
la noche, y los aullidos de los lobos. Una hermosa mujer de cabello rubio y
ojos azules iguales que los suyos la abrazaba y le prometía con lágrimas en los
ojos:
—Te traeré de vuelta, cariño,
te lo prometo, no tengas miedo. Solo tienes que ser fuerte y estar atenta.
Cuando llegue el momento, te llamaré y te guiaré de vuelta a casa.
De nuevo despertó sobresaltada.
Recordaba aquella voz, era la misma del sueño que había tenido nada más
acostarse. ¿Se puede soñar con una voz que no has oído nunca? ¿Se estaría
volviendo loca? Oír voces no solía ser un buen augurio, pero no estaba segura
de si lo había soñado o las oía en realidad.
Trató de volver a dormir, aferrándose
con fuerza a su colgante.
A la mañana siguiente se
despertó de nuevo cansada y con dolor de cabeza. Había pasado casi toda la
noche soñando que corría por el bosque. Estaba agotada, como si realmente hubiera
estado corriendo. Trataría de dormir un poco la siesta si tía Ingrid salía,
porque si no, estaría hecha polvo por la noche. Y era la víspera de San Juan,
la noche de las hogueras, la víspera de su cumpleaños. Esa noche cambiaría su
vida.
Aunque aún no podía prever
cuánto.
Se levantó y se duchó. Su tía
había salido dejándole una nota en la que le avisaba de que pasaría el día
fuera. Mejor, así con suerte no tendría que verla más. Desayunó tranquilamente
y volvió a revisar entre sus cosas lo que quería llevarse y lo que no. En
realidad no tenía muchas pertenencias. Había perdido ya la mayoría cuando se
había mudado allí, tras la muerte de su madre. Su tía Ingrid había tirado gran
parte de sus recuerdos sin preguntarle siquiera. Lo único que le quedaba de sus
padres era un pequeño álbum de fotos, con fotografías de los tres, desde que
Lena era pequeña hasta que murió su padre, y luego un par de fotografías más de
ella y de su madre. Cuando Isabel empezó a debilitarse, dejó de hacerse fotos.
No quería que Lena la recordara con aquel aspecto frágil y enfermizo.
Volvió a meter el álbum en la
mochila. Aparte de eso y algo de ropa, solo se llevaba su colgante. No tenía
más objetos que significaran algo para ella. Echó un vistazo a su habitación.
Ni siquiera le gustaba, era un agujero frío y oscuro. Su habitación en Londres
había sido amplia y luminosa y, cuando había vivido con su madre, algo más
pequeña pero llena de vida y de calor familiar. Eso no existía en aquella casa.
No la echaría de menos en absoluto.
Comió poco, porque tenía el
estómago cerrado, y se echó un rato la siesta. Realmente se sentía cansada y
volvía a dolerle la cabeza.
No tardó en dormirse pero, una
vez más, no descansó mucho. El sueño se repetía, una y otra vez, con pequeñas
diferencias. Un bosque de noche, aullidos de lobos, alguien que la llevaba de
la mano mientras corrían para escapar de sus perseguidores. Era una anciana de
cabello lacio y plateado, con los ojos azules y la cara surcada de arrugas. Se
paró en medio de un claro, junto a un pequeño arroyo. Al lado de Lena había
otra niña, algo mayor que ella. La mujer las besó a ambas y las tomó de la
mano. Ellas cogieron sus amuletos con su mano libre mientras la anciana cerraba
los ojos y murmuraba una especie de mantra. De nuevo aquella voz se metió en su
cabeza como si alguien tratara de perforarle el cerebro.
«Lena, tienes que volver, hoy
es el día. Trata de recordar. Solo recuerda y volverás a casa».
En su sueño todo se volvió
oscuro, hasta que de pronto una luz azul empezó a girar en círculos, a toda
velocidad, y Lena empezó a marearse.
Se cayó de la cama y se
despertó.
Cuando consiguió recuperar el
ritmo de su respiración, trató de recordar los detalles del sueño. ¿Quién era
aquella anciana? ¿Y la otra niña? Jana. Se llamaba Jana. No estaba segura de
quién era, pero recordaba su nombre. Las palabras de aquella voz femenina
resonaron en su cabeza «Lena, tienes que volver, hoy es el día. Trata de
recordar. Solo recuerda y volverás a casa».
Recordar. ¿Recordar qué? ¿Qué
demonios significaba todo aquello?
¿Se estaba volviendo loca?
Se planteó seriamente irse a
urgencias, pero lo descartó. ¿Qué iba a decir? ¿Que oía voces en sueños? Tampoco
era como si hubiera tenido alucinaciones. No, en realidad aquello no eran más
que sueños.
Pero empezaban a asustarla.
Miró el reloj y vio que eran
casi las siete de la tarde. Había dormido más de lo que pensaba. Se puso sus
vaqueros, una camiseta y sus Converse, y cogió una de sus sudaderas favoritas,
con cremallera y capucha.
Agarró su mochila, metió dentro
un bocadillo, el dinero, el pasaporte, el móvil y el billete de avión, y se
marchó sin mirar atrás.
Estuvo paseando sin rumbo fijo
hasta que el sol empezó a caer y la gente empezó a salir a la calle. Vio
prender las primeras hogueras. La noche de San Juan siempre le había parecido
mágica, pero aquella noche era más especial si cabe, porque el cielo estaba
alumbrado por una brillante luna llena. Al día siguiente cumpliría dieciocho
años, sería mayor de edad y empezaría una nueva vida.
Los niños reían y corrían
alrededor del fuego, y ella fue recorriendo la ciudad, de hoguera en hoguera
disfrutando de la magia de la noche mientras la luna subía más en el cielo,
redonda y luminosa, y las estrellas iban haciendo acto de presencia, como
pequeñas fogatas que iluminaban la negrura infinita que se extendía sobre su
cabeza.
Era casi medianoche cuando
empezó a dolerle la cabeza, al principio ligeramente, pero cada vez con más
intensidad. Estaba a las afueras, y decidió aprovechar para alejarse un poco
del bullicio. Comenzó a caminar por la carretera sin ser consciente de a dónde
se dirigía, mientras su cabeza palpitaba cada vez más fuerte y la vista se le
empezaba a nublar por momentos. Se metió por un camino lateral, cruzó un
pequeño campo verde y se acabó internando entre unos árboles. La cabeza le
estallaba, y empezaba a oír voces, cada vez más claras. La estaban llamando, en
una lengua extraña que, sin embargo, entendía.
«Lena, regresa, tienes que
volver, escúchame».
Cerró los ojos con fuerza y
negó con la cabeza.
«Abre la puerta, Lena,
escúchame, te estamos esperando».
¿La puerta? ¿Qué puerta? ¡Estaba
en medio del monte! Dios, no podía soportar el dolor de cabeza.
«Lena, no luches, solo escucha.
Abre la puerta, puedes hacerlo. Regresa a casa, es casi la hora».
Se sentía como si tuviera una
resaca monstruosa. La boca se le secó y empezó a marearse, y entonces una
revelación se abrió paso en su cabeza.
Su madre la estaba llamando. Pero
no era la voz de Isabel, era su verdadera madre.
Miró al cielo y vio la luna
llena iluminando el pequeño claro al que la habían llevado sus pasos sin
proponérselo. En la cercanía se oía un pequeño arrollo.
«La luna, la tierra, el agua, el
fuego. Todo está listo. Esta es la noche. Tengo que regresar a casa».
Instintivamente se llevó la
mano a su colgante y, de pronto, pareció como si el suelo se abriera bajo sus
pies. La oscuridad la cegó por un instante, como si le hubieran cubierto la
cabeza con un saco, y después un fogonazo azul le hirió los ojos. La luz empezó
a girar, a girar, cada vez más rápido. Perdió la conciencia de quién era y
donde estaba por unos segundos interminables. No sabía si había muerto o solo
se había desmayado.
Se despertó al oír que la
llamaban.
—Lena, abre los ojos. Ya ha
pasado.
Obedeció y lo primero que vio
fue la luna sobre su cabeza. Una luna llena inmensa, mucho más grande de lo normal.
Parpadeó y fijó la vista en la
mujer que le había hablado. Era rubia, con el pelo liso y largo, la piel clara
y los ojos azules. Tendría unos cuarenta y cinco años, y la miraba con una
dulzura inmensa. Junto a ella había otra chica rubia, muy parecida a Lena pero
con el pelo de un tono un poco más dorado y quizás un par de años mayor.
Era Jana, su hermana.
Y la mujer era su madre, ahora lo recordaba.
...
A partir del 11 de octubre estará a la venta en Amazon, y podréis averiguar qué fue de Lena. La aventura no ha hecho más que comenzar.
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Hazte con él y disfruta sin remordimientos.
¡Gracias por leerme!
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