jueves, 1 de octubre de 2020

La princesa de la luna, capítulo 1.

 Después de la portada y la sinopsis (por si no leísteis la entrada correspondiente os la dejo AQUÍ), toca compartir el primer capítulo de La princesa de la luna. Espero que os deje con ganas de saber más de Lena:

CAPÍTULO 1:

«Date la vuelta y mírame, date la vuelta y mírame, date la vuelta y mírame...». Mientras Lena repetía esas palabras en su cabeza como un mantra, girando de forma inconsciente entre sus manos su colgante adornado con una piedra azul, el chico moreno y atlético que se encontraba a poca distancia de ella absorto en la lectura de un libro se giró y la miró directamente a los ojos. Ella sonrió sosteniéndole la mirada y él apartó la vista avergonzado al verse sorprendido.

Lena cogió su mochila y se dispuso a bajarse del autobús, estaba llegando a su parada.

«Al final va a tener razón Blanca y soy un poco bruja», se dijo, divertida. Últimamente cada vez que probaba aquel truco le salía. Empezaba a creer a la loca de su amiga y a pensar que realmente era ella quien lo provocaba.

Saltó del autobús y caminó en silencio hacia su casa. O debería decir hacia la casa de su tía Ingrid. Aquella no era su casa y nunca lo sería.

Sonrió con tristeza recordando una vez más a su madre, que había muerto hacía menos de un año. Isabel era una mujer fuerte, pero increíblemente dulce y cariñosa, todo lo que su hermana no era. Ingrid era una solterona amargada que encajaba en todos los tópicos de esa definición. Para ella, Lena no era más que una carga de la que estaría encantada de librarse.

En realidad, Lena no había conocido a sus verdaderos padres. Isabel y Oliver la habían adoptado cuando tenía cuatro años. Recordaba muy poco de aquella época, pero de ahí en adelante solo tenía buenos recuerdos. Se habían mudado a Londres, donde su padre había encontrado el trabajo de sus sueños en el Museo Británico. Habían sido muy felices los tres allí, hasta que Oliver había muerto en un accidente de coche cuando Lena aún no había cumplido los diez años, y su madre y ella se habían quedado solas. Regresaron a España y se las apañaron sin lujos pero sin estrecheces hasta que Isabel enfermó del corazón, y se fue debilitando cada vez más hasta apagarse como la llama de una vela.

Lena aún era menor de edad, y su pariente más cercano era su tía Ingrid, que se quedó con ella porque su madre se lo había hecho prometer, pero siempre había tenido claro que no era de su sangre, y se esforzaba en demostrarle con hechos y palabras que para ella solo era una extraña, algo molesto de lo que ardía en deseos de deshacerse.

Pero eso se iba a terminar, antes de lo que la tía Ingrid pensaba.

Faltaba menos de una semana para su cumpleaños, el veinticuatro de junio. Lena lo tenía todo preparado para marcharse de vuelta a Londres. Tenía buenos recuerdos de aquella ciudad, su inglés era fluido y estaba convencida de que podría arreglárselas para encontrar algún trabajillo con el que ir subsistiendo.

Llegó a casa de tía Ingrid, dejó la mochila en su habitación y  se acercó a la cocina para prepararse un bocadillo. Su tía no estaba en casa, pero se apresuró a regresar a su cuarto y encerrarse de nuevo, por si regresaba. Ya no soportaba ni estar en la misma casa que ella.

Esa noche volvió a tener uno de aquellos sueños extraños que tanto la turbaban. Ella era una niña pequeña, y corría agarrada a la mano de alguien. Junto a ella había otra niña, un poco mayor. Las ramas y piedras del suelo le lastimaban los pies, y no podía ver el cielo, completamente cubierto por una vegetación frondosa. Era de noche, a lo lejos se escuchaba el aullido de un lobo, y de pronto se encontró en el claro de un bosque.

El cielo de la noche resplandecía sobre su cabeza, cuajado de estrellas. Y una luna enorme brillaba en lo alto. Una hermosa luna llena.

Volvió a escucharse un lobo, y gritos de hombres. La estaban buscando, y ella tenía mucho miedo, y entonces agarró su collar y cerró los ojos con fuerza.

Despertó sobresaltada y empapada en sudor. El corazón le iba a mil por hora. Aguzó el oído, pero no debía de haber gritado en sueños, porque si no, la tía Ingrid ya estaría despotricando contra ella por haberla despertado.

Trató de volver a dormirse, dándole vueltas al colgante. Era una manía que tenía desde pequeña. Su madre le había dicho que debía de ser un recuerdo familiar, porque era una de las pocas pertenencias que tenía desde siempre. Por lo que le habían contado, la habían encontrado perdida en medio del campo un veinticuatro de junio, descalza, con un vestidito blanco y aquel colgante, lloriqueaba diciendo que se llamaba Lena y tenía dos años. No estaba segura de que aquel día fuera en realidad su cumpleaños, pero era el día en que lo celebraba.

Había estado bajo la tutela del estado durante dos años más, hasta que Oliver e Isabel la adoptaron. En ese tiempo, por mucho que se había indagado no había aparecido ningún familiar, ni se encontró ninguna coincidencia con las denuncias de desaparecidos. Ella no había hablado apenas hasta que conoció a Isabel y Oliver y, sencillamente, conectaron. Después de eso se convirtió en una niña casi normal. Una niña con un pasado incierto, un poco taciturna, pero muy inteligente. Tenía una memoria prodigiosa, y una sensibilidad especial para la naturaleza, la botánica, los animales... Sentía una atracción natural por ellos, y era capaz de identificar especies que ni recordaba haber visto antes. También aprendía idiomas con una facilidad pasmosa. Se desenvolvía sin problemas en casi cualquier lengua con la que estuviera en contacto por un tiempo sorprendentemente corto. Hablaba español, que era su lengua materna, e inglés porque había pasado su infancia en Londres; alemán y francés porque los había aprendido en el colegio. Pero también entendía el portugués y el italiano, suponía que por su similitud con el castellano, o quizás por su raíz latina. Había estudiado latín en el instituto, y sus notas eran brillantes. Por supuesto también entendía el catalán, el gallego o el valenciano en cuanto ponía un poco de atención. Le había sorprendido un poco más descubrir que también entendía el ruso. Su colegio había tenido varios estudiantes rusos de intercambio un año, y Lena se había quedado de piedra cuando les había oído hablar y se había dado cuenta de que les entendía. Por un momento había recordado la hipótesis de tía Ingrid sobre su origen: «Con esa piel, ese pelo y esos ojos, bien podría ser hija de alguna prostituta rusa que la abandonó por las drogas».

Su madre siempre había mantenido que aquello era poco probable porque, hasta donde sabían, estaba sana y bien alimentada cuando la encontraron. Solo estaba asustada y le había costado empezar a relacionarse pero, por lo demás, estaba perfectamente. Quienquiera que la hubiera cuidado sus dos primeros años de vida, lo había hecho con cariño y esmero.

Por lo demás, a pesar de su memoria y su habilidad con los idiomas, para las matemáticas era una negada, y para el dibujo también. Su capacidad de cálculo mental y de orientación espacial estaban bajo mínimos.  Era capaz de perderse hasta en un supermercado, y sin una calculadora su capacidad matemática acababa en las sumas con llevadas.

Su padre solía preguntarle, mirándola desconcertado cuando veía sus notas de matemáticas:

—Lena, ¿estás segura de que no fallas a propósito?

Pero no, no lo hacía. En realidad no le preocupaba mucho, simplemente le daba igual. No les veía mucha utilidad a las matemáticas que se estudiaban en el colegio. Y, de haber podido estudiar una carrera, le habría gustado ser médico, por ejemplo, o veterinaria. Con las matemáticas que manejaba creía que sería suficiente para hacer eso, aunque era consciente de que era poco probable que pudiera seguir estudiando si pretendía marcharse de casa en cuanto cumpliera la mayoría de edad. Aun así, soñar es libre, y a Lena le quedaban poco más que sueños a los que aferrarse.

Y soñando despierta, después de mucho rato, volvió a quedarse dormida.

 

A la mañana siguiente estaba muerta de sueño cuando sonó el despertador. Lo apagó, preparó sus cosas y se metió en la ducha. Si su tía estaba en casa, estaba dormida, así que procuró no hacer mucho ruido mientras se duchaba y se vestía. Se desenredó el pelo rápidamente. Tenía un cabello largo, hasta media espalda, rubio, muy claro y muy liso. Sus ojos eran de un azul deslumbrante, y su piel blanca como la nieve. Ella no se consideraba especialmente guapa, pero era evidente que llamaba la atención. Su rostro era ovalado y proporcionado, su nariz pequeña, un poco respingona y salpicada de algunas pecas, y su boca menuda pero carnosa, con unos dientes perfectos y blancos que ni siquiera habían necesitado ortodoncia. En una ocasión el dentista había comentado que se empezaban a torcer y era probable que tuvieran que ponérsela, pero ella odiaba la idea, había deseado con todas sus fuerzas que sus dientes se enderezaran y no tuviera que llevar aquellos malditos hierros... y sus dientes parecían haberle hecho caso. Poco a poco se habían ido enderezando y no los había necesitado. Había sido una suerte.

Se acabó de peinar y entró a la cocina. Le pareció oír ruido en la habitación de su tía y no quiso entretenerse más, así que cogió un batido del armario y una magdalena, agarró su mochila y se marchó.

La semana se arrastraba con exasperante lentitud. Lena tenía preparada hacía casi un mes una pequeña mochila con algo de ropa, el poco dinero que había conseguido reunir y algunas provisiones de emergencia. Se había sacado por internet un billete de avión para Londres baratísimo hacía ya meses, para el mismo día de su cumpleaños. Saldría a ver las hogueras la noche de San Juan y ya no volvería a casa nunca más. Su tía no la echaría de menos, y casi hasta lo agradecía. En realidad no tenía a nadie a quien de verdad le importara. Su amiga Blanca tal vez la extrañaría, aunque desde que salía con Jaime y con su grupo estaba tan ocupada que ni notaría su ausencia. Últimamente se habían distanciado mucho. Lena no la culpaba, ella se había vuelto cada vez más solitaria. Desde que murió su madre las cosas habían ido de mal en peor, y era consciente de que no era una compañía demasiado divertida ni agradable.

Mejor para Blanca, así no la echaría tanto de menos. Lo último que ella quería era hacer daño a nadie.

A su tía incluso le iba a hacer un favor.

A la hora de comer regresó a casa. Tía Ingrid estaba ya comiendo.

—Ya era hora de que aparecieras. ¿Dónde andabas?

—Había quedado con unos amigos del instituto —mintió ella.

—Hay ropa que planchar, lo menos que podías hacer es echar una mano, ya que te doy un techo donde dormir.

A Lena le dieron ganas de contestarle que el techo donde dormir lo pagaba con su pensión de orfandad y el poco dinero que le había dejado su madre, o incluso que preferiría dormir en un centro de menores o una casa de acogida, pero se mordió la lengua. Total, para el tiempo que le quedaba en aquella casa, mejor no discutir.

—Luego cojo la plancha.

Pasó la tarde planchando mientras su tía salía con unas amigas. A la hora de cenar se hizo una ensalada y se metió en su cuarto a descansar a puerta cerrada. Empezaba a dolerle la cabeza.

Hacía unos meses que tenía molestias. A veces pasaban días sin que notara nada, pero otros días la cabeza le dolía como si alguien tratara de perforársela con un taladro. Se metió en la cama y bajó la persiana, cubriéndose por completo para intentar dormir.

«Lena, escúchame, tienes que volver a casa, cariño».

Despertó sobresaltada. La cabeza le dolía terriblemente, y no sabía si aquella voz era real o era un sueño. No era la voz de su madre pero, de alguna manera, había sentido como si lo fuera. Aunque no estaba segura de en qué lengua le había hablado.

Consiguió dormirse con mucho trabajo. Solo faltaban dos días para su cumpleaños y los nervios empezaban a poder con ella.

Volvió a soñar con el bosque, la noche, y los aullidos de los lobos. Una hermosa mujer de cabello rubio y ojos azules iguales que los suyos la abrazaba y le prometía con lágrimas en los ojos:

—Te traeré de vuelta, cariño, te lo prometo, no tengas miedo. Solo tienes que ser fuerte y estar atenta. Cuando llegue el momento, te llamaré y te guiaré de vuelta a casa.

De nuevo despertó sobresaltada. Recordaba aquella voz, era la misma del sueño que había tenido nada más acostarse. ¿Se puede soñar con una voz que no has oído nunca? ¿Se estaría volviendo loca? Oír voces no solía ser un buen augurio, pero no estaba segura de si lo había soñado o las oía en realidad.

Trató de volver a dormir, aferrándose con fuerza a su colgante.

 

A la mañana siguiente se despertó de nuevo cansada y con dolor de cabeza. Había pasado casi toda la noche soñando que corría por el bosque. Estaba agotada, como si realmente hubiera estado corriendo. Trataría de dormir un poco la siesta si tía Ingrid salía, porque si no, estaría hecha polvo por la noche. Y era la víspera de San Juan, la noche de las hogueras, la víspera de su cumpleaños. Esa noche cambiaría su vida.

Aunque aún no podía prever cuánto.

Se levantó y se duchó. Su tía había salido dejándole una nota en la que le avisaba de que pasaría el día fuera. Mejor, así con suerte no tendría que verla más. Desayunó tranquilamente y volvió a revisar entre sus cosas lo que quería llevarse y lo que no. En realidad no tenía muchas pertenencias. Había perdido ya la mayoría cuando se había mudado allí, tras la muerte de su madre. Su tía Ingrid había tirado gran parte de sus recuerdos sin preguntarle siquiera. Lo único que le quedaba de sus padres era un pequeño álbum de fotos, con fotografías de los tres, desde que Lena era pequeña hasta que murió su padre, y luego un par de fotografías más de ella y de su madre. Cuando Isabel empezó a debilitarse, dejó de hacerse fotos. No quería que Lena la recordara con aquel aspecto frágil y enfermizo.

Volvió a meter el álbum en la mochila. Aparte de eso y algo de ropa, solo se llevaba su colgante. No tenía más objetos que significaran algo para ella. Echó un vistazo a su habitación. Ni siquiera le gustaba, era un agujero frío y oscuro. Su habitación en Londres había sido amplia y luminosa y, cuando había vivido con su madre, algo más pequeña pero llena de vida y de calor familiar. Eso no existía en aquella casa. No la echaría de menos en absoluto.

Comió poco, porque tenía el estómago cerrado, y se echó un rato la siesta. Realmente se sentía cansada y volvía a dolerle la cabeza.

No tardó en dormirse pero, una vez más, no descansó mucho. El sueño se repetía, una y otra vez, con pequeñas diferencias. Un bosque de noche, aullidos de lobos, alguien que la llevaba de la mano mientras corrían para escapar de sus perseguidores. Era una anciana de cabello lacio y plateado, con los ojos azules y la cara surcada de arrugas. Se paró en medio de un claro, junto a un pequeño arroyo. Al lado de Lena había otra niña, algo mayor que ella. La mujer las besó a ambas y las tomó de la mano. Ellas cogieron sus amuletos con su mano libre mientras la anciana cerraba los ojos y murmuraba una especie de mantra. De nuevo aquella voz se metió en su cabeza como si alguien tratara de perforarle el cerebro.

«Lena, tienes que volver, hoy es el día. Trata de recordar. Solo recuerda y volverás a casa».

En su sueño todo se volvió oscuro, hasta que de pronto una luz azul empezó a girar en círculos, a toda velocidad, y Lena empezó a marearse.

Se cayó de la cama y se despertó.

Cuando consiguió recuperar el ritmo de su respiración, trató de recordar los detalles del sueño. ¿Quién era aquella anciana? ¿Y la otra niña? Jana. Se llamaba Jana. No estaba segura de quién era, pero recordaba su nombre. Las palabras de aquella voz femenina resonaron en su cabeza «Lena, tienes que volver, hoy es el día. Trata de recordar. Solo recuerda y volverás a casa».

Recordar. ¿Recordar qué? ¿Qué demonios significaba todo aquello?

¿Se estaba volviendo loca?

Se planteó seriamente irse a urgencias, pero lo descartó. ¿Qué iba a decir? ¿Que oía voces en sueños? Tampoco era como si hubiera tenido alucinaciones. No, en realidad aquello no eran más que sueños.

Pero empezaban a asustarla.

Miró el reloj y vio que eran casi las siete de la tarde. Había dormido más de lo que pensaba. Se puso sus vaqueros, una camiseta y sus Converse, y cogió una de sus sudaderas favoritas, con cremallera y capucha.

Agarró su mochila, metió dentro un bocadillo, el dinero, el pasaporte, el móvil y el billete de avión, y se marchó sin mirar atrás.

 

Estuvo paseando sin rumbo fijo hasta que el sol empezó a caer y la gente empezó a salir a la calle. Vio prender las primeras hogueras. La noche de San Juan siempre le había parecido mágica, pero aquella noche era más especial si cabe, porque el cielo estaba alumbrado por una brillante luna llena. Al día siguiente cumpliría dieciocho años, sería mayor de edad y empezaría una nueva vida.

Los niños reían y corrían alrededor del fuego, y ella fue recorriendo la ciudad, de hoguera en hoguera disfrutando de la magia de la noche mientras la luna subía más en el cielo, redonda y luminosa, y las estrellas iban haciendo acto de presencia, como pequeñas fogatas que iluminaban la negrura infinita que se extendía sobre su cabeza.

Era casi medianoche cuando empezó a dolerle la cabeza, al principio ligeramente, pero cada vez con más intensidad. Estaba a las afueras, y decidió aprovechar para alejarse un poco del bullicio. Comenzó a caminar por la carretera sin ser consciente de a dónde se dirigía, mientras su cabeza palpitaba cada vez más fuerte y la vista se le empezaba a nublar por momentos. Se metió por un camino lateral, cruzó un pequeño campo verde y se acabó internando entre unos árboles. La cabeza le estallaba, y empezaba a oír voces, cada vez más claras. La estaban llamando, en una lengua extraña que, sin embargo, entendía.

«Lena, regresa, tienes que volver, escúchame».

Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza.

«Abre la puerta, Lena, escúchame, te estamos esperando».

¿La puerta? ¿Qué puerta? ¡Estaba en medio del monte! Dios, no podía soportar el dolor de cabeza.

«Lena, no luches, solo escucha. Abre la puerta, puedes hacerlo. Regresa a casa, es casi la hora».

Se sentía como si tuviera una resaca monstruosa. La boca se le secó y empezó a marearse, y entonces una revelación se abrió paso en su cabeza.

Su madre la estaba llamando. Pero no era la voz de Isabel, era su verdadera madre.

Miró al cielo y vio la luna llena iluminando el pequeño claro al que la habían llevado sus pasos sin proponérselo. En la cercanía se oía un pequeño arrollo.

«La luna, la tierra, el agua, el fuego. Todo está listo. Esta es la noche. Tengo que regresar a casa».

Instintivamente se llevó la mano a su colgante y, de pronto, pareció como si el suelo se abriera bajo sus pies. La oscuridad la cegó por un instante, como si le hubieran cubierto la cabeza con un saco, y después un fogonazo azul le hirió los ojos. La luz empezó a girar, a girar, cada vez más rápido. Perdió la conciencia de quién era y donde estaba por unos segundos interminables. No sabía si había muerto o solo se había desmayado.

Se despertó al oír que la llamaban.

—Lena, abre los ojos. Ya ha pasado.

Obedeció y lo primero que vio fue la luna sobre su cabeza. Una luna llena inmensa, mucho más grande de lo normal.

Parpadeó y fijó la vista en la mujer que le había hablado. Era rubia, con el pelo liso y largo, la piel clara y los ojos azules. Tendría unos cuarenta y cinco años, y la miraba con una dulzura inmensa. Junto a ella había otra chica rubia, muy parecida a Lena pero con el pelo de un tono un poco más dorado y quizás un par de años mayor.

Era Jana, su hermana.

Y la mujer era su madre, ahora lo recordaba.

...

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¡Gracias por leerme!

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